domingo, 29 de julio de 2012

La chica y su c ontrabajo


La chica y su contrabajo (o: La chica del contrabajo en el avión de París a Lyon, de CP)
Hugo Murno


No suelo mirar las noticias por la tele mientras como, pero hoy hice una excepción en el almuerzo. Quería ver, en directo, el encendido de la llama olímpica y su partida desde Grecia rumbo a Londres, Así supe que la trasladaban en avión –encendida y todo—ocupando un asiento, amarrada con el cinturón de seguridad, como un pasajero más. Y no pude menos que acordarme de la chica del contrabajo en aquel avión alemán. Porque fue en un avión de Lufthansa, cuando mi último viaje, a Alemania, hace ya tres años, iba todos los años, se acuerdan, a los seminarios intensivos de quince días que se hacían en la sede central de la empresa, alemana, en la que trabajaba. Hasta que me jubilaron. Iba siempre en class bussines, en vuelo directo y desde Frankfurt en tren hasta Erlangen, con trasbordo en Nürenberg.  Pero aquella última vez hice un periplo distinto. Había salido de Buenos Aires muy sobre la fecha del coloquio –siempre viajábamos, desde todas las filiales del mundo, como para llegar por lo menos un día antes del comienzo--; por aquello de la estricta puntualidad alemana, querían asegurarse que habíamos llegado todos los ejecutivos convocados antes de iniciar el encuentro. Yo me había demorado por los avatares de último momento que precedieron al nacimiento complicado de los trillizos, hijos de mi hijo, mis primeros nietos (esos detalles los conocen), y salí con el tiempo menos que justo. Por eso cambié el habitual viaje en tren, y opté  por hacer ese tramo Frankfurt-Nürenberg, en avión. Un vuelo doméstico de la misma compañía. Que salió muy demorado, lo que implicó una larguísima espera, en tránsito.

A la chica del contrabajo la vi. recién en el sector de espera de ese segundo vuelo. Pero resultó que ella venía desde Buenos Aires, en el mismo avión que yo. En clase turista. Después conocí los detalles: qué había llevado todo el tiempo consigo a su enorme, pesado, difícil de maniobrar, instrumento musical. No lo había despachado por bodega, qué va, viajaba siempre a su lado –me aseveró, más tarde—ocupando una plaza pagada. Y, claro, con el cinturón de seguridad abrochado,  sosteniéndolo contra el respaldo del asiento, inevitablemente reinclinado, dadas las dimensiones de semejante instrumento. De cómo se las había arreglado el pasajero de la fila de atrás para poder comer no me dijo nada. Pero me las imaginé.

Ella y su contrabajo viajaban siempre así. Las peripecias que vivieran la chica con su contrabajo en el vuelo directo de Buenos Aires hasta Frankfurt también las conocí después, pero las del de cabotaje que compartimos pasillo por medio me hacen suponer que deben haber sido similares. Y que ella estaba acostumbrada a vivirlas. Esto último si lo supe de su propia boca. Las dos y únicas azafatas de la pequeña aeronave tardaron en comprender lo que estaba sucediendo o lo que intentaba hacer la chica con su contrabajo, a pesar de que ella hababa perfecto alemán. Los demás pasajeros contemplábamos la escena sin saber que hacer ni decir. Por supuesto el artilugio que hace de pie/soporte del contrabajo, que es extraíble, se lo quitaba, de no hacerlo así no hubiese entrado por el alto de ninguna cabina de ningún avión. Casi no puede hacerlo en la cabina del que abordamos, interminables horas después, para el vuelo de venticinco minutos que nos llevó a destino, A Nürenberg en realidad, terminal aérea de esa ciudad, distante poco más de veintiséis kilómetros de Erlangen, mi destino. Y también el de la chica y su contrabajo.

En Nürenberg me esperaba un pequeño bus de la empresa. No se como se trasladó, con su contrabajo hasta Erlangen la chica aquella, pero mi sorpresa fue encontrarla instalada en el mismo pequeño hotel Inge, en el que me había hospedado todos los años. Quedaba en un  barrio alejado del centro de la ciudad y también de la sede de la empresa. Era un barrio bohemio, más cálido, acogedor, de pocos edificios y muchas casas muy viejas que se levantaban en sus callejuelas, casi todas cubiertas con el mismo empedrado desde antaño, muchas de ellas terminando abruptamente en algún patio trasero de alguna casa o una cervecería o una aphoteke… En muchas de esas calles había pequeños teatros, bares poblados día y noche por jóvenes y no tanto, gente muy bohemia, estudiantes, pues esa es una ciudad universitaria. El hotelito aquél estaba en una de esas calles, frente a un guardacoches transformado en  teatro llamado El Garaje (así, en español), al lado de un café literario llamado igual, y en la esquina sentaba sus reales una vinoteca en la que podía apurarse un par de copas de pie en una barra siempre poblada. Me encantaba ese lugar, y en el Inge me esperaban año tras año, para esas fechas.

Mucho mas interesarme fue conocer qué la había llevado hasta allí, hasta Alemania y hasta el mismo destino que el mío. Saber que era concertista, que haya estado becada estudiando música y especializándose en  contrabajo, en el país de sus mayores, después de haberse educado musicalmente desde su niñez en  su Quilmes natal, en el que sus padres regenteaban un colegio de esa comunidad y que su abuelo, emigrante en su niñez, junto a su familia, había continuado los pasos de su bisabuelo y montado una acería que después llevó a la quiebra, en una de las tantas crisis económicas del país sudamericano elegido.

Ella –Ilse-- tenía 27 años, ya había estado en esa zona de Alemania perfeccionando sus estudios musicales y ahora llegaba con un contrato para integrarse a la sinfónica local. Todas las ciudades y poblaciones medianas que se precien suelen contar con una orquesta sinfónica, y un coro de adultos y otro de chicos y un elenco estable de teatro, todos dependientes del erario municipal. Por lo general son muy buenos. Las orquestas juveniles también. Al igual que, en esa pequeña ciudad lo son los grupos teatrales independientes. Doy fe.

Que dos argentinos coincidan en un pequeño hotel de una ciudad pequeña, y que los dos hablen a la perfección el idioma del país anfitrión, hace in evitable el cruzar más de cuatro palabras, más que el saludo en el desayunador, más que la amabilidad propia de dos personas educadas. Mi alemán fue perfeccionándose durante toda mi vida laboral pasada en la misma empresa, ustedes lo conocen muy bien; ella, Ilse no necesitaba haberlo aprendido en ninguna escuela: era la lengua de sus ancestros, la que se hablaba permanentemente en la casa donde nació y se crió. Todo eso lo supe enseguida, por boca de una de las mucamas, así conocí más detalles de su vida y el porque de su venida y estada allí.

 Salvo el hecho de viajar trasportando el enorme instrumento y que nos alojáramos en el mismo lugar, qué una joven argentino-germana coincidiera con mis desplazamientos no podía haberme llamado la atención. Sí lo pudo hacer el hecho de que días después, noches más tarde en realidad, descubriera que era ella la que estaba entrando en el café aquel que les conté, el que estaba al lado del teatrito El Garaje. La entrada de un tropel de músicos jóvenes en el lugar distrajo mi atención puesta en la sopa de lentejas rojas que me aprestaba a tomar. El frío se coló con  ganas cuando esos seis o siete chicas y muchachos traspusieron las puertas todos juntos y, sobre todo cuando hubieron de mantenerlas abiertas, las de afuera y las de adentro, para que pudieran entrar Ilse y su contrabajo. Nuestras miradas se cruzaron y, creo que fue al día siguiente o tal vez fuera dos días después, supe que ella integraba la sinfónica que debutaba el jueves, precisamente una noche en que no tenía programada ninguna actividad. Fui a escucharla.

La sonoridad de un contrabajo es sumamente grave, potente, imposible de no percibir cuando en el instrumento alguien ejecuta un solo. Y eso era lo que escuchaba esa tarde, al día siguiente de la noche del concierto, cuando me adentré en el  bosque. Toda ciudad, todo pueblo, por minúsculo que sea está erigido a la vera de un bosque. Toda Europa, cuando todavía no era Europa, fue un solo y gigantesco bosque, y los que subsisten son celosamente cuidados y protegidos por todos los habitantes de la mayoría de los países que ahora sí forman eso que ha dado en llamarse UE y que por estos días sufre temibles resquebrajamientos.

En un recodo de uno de los caminitos que surcan el bosque aledaño a Erlangen, allí, en un claro y al fondo de una pequeñísima hondonada, Ilse tocaba embelesada su contrabajo. Lo tocaba, lo abrazaba con su forma de sostenerlo y con la delicadeza con la que deslizaba el arco sobre las cuerdas del afinado instrumento. La tarde estaba destemplada, como para que hubiese muchos caminantes como habitualmente se da en aquellos lugares. En realidad solo me encontraría yo contemplando y escuchando en  ese sector. Y ella no lo sabía. Tampoco le importaba demasiado. Estaban ella y su contrabajo. Y eso era lo que contaba.
Veinte o treinta minutos después dejó de tocar. Pero siguió acariciando a su contrabajo Acariciándolo, casi como a una persona. Y hablándole, quedamente, como susurrándole, con intervalos como sucede cuando dos o más personas se encuentran conversando. Eran dos personas hablando. Por lo menos una hablaba. La otra escuchaba. El contrabajo parecía hacerlo.

Me impresionó. Mucho. Había pensado seguir allí, tal vez con la esperanza de volver a oírla interpretar su música en su contrabajo, pero esa actitud de ella para con el instrumento me produjo cierto escozor, que no supe, en ese momento, a qué atribuir. Me fui, tal como había llegado, caminando lentamente y así llegué al hotelito y me encerré en mi habitación.

Esa noche tuve pesadillas; me desperté dos o tres veces asustado, empapado de sudor. Volvía a dormirme y volvía a tener los mismos horribles sueños: Ilse cruzaba la esquina de la avenida cercana al teatro municipal y un camión sin frenos la atropella a ella y a su instrumento. El contrabajo quedaba intacto y ella moría aplastada bajo las ruedas del pesado vehículo. El sueño se repetía, pero en esta otra vez el destrozado era el contrabajo y ella salía ilesa, pero no lo podía soportar y terminaba arrojándose al paso de un tren. A la siguiente vez los dos, la chica y su contrabajo terminaban despanzurrados en el medio de la calle, los gritos eran espantosos y las escenas, en uno o en otros resultaban insoportables. Para mí.

Esa mañana me adelanté a tomar el desayuno, estuve allí cuando recién habilitaban el lugar. Necesitaba llenarme de café y despejar mi cabeza. Ilse llegó casi tras mío. No pude menos que saludarla, casi con alegría al verla en perfectas condiciones. A los dos. El contrabajo, su contrabajo que la acompañaba siempre y que ella ubicaba frente suyo al otro lado de la mesa, también lucía espléndido, lustroso. Era evidente que ningún camión los había atropellado.

Volví al bosque. Volví a ver a Ilse y escucharla sacarle mágicos acordes a su contrabajo. Volví a verla acariciando su contrabajo. Volví a soñar. Las pesadillas se repitieron, iguales. Ahora todas las noches. Tres noches angustiosas soñando horribles pesadillas: otra vez el camión sin frenos se precipita calle abajo, en pendiente, como la que corta la callecita del hotel; otra vez Ilse y su contrabajo quedan bajo las pesadas ruedas de la mole descontrolada; otra vez el contrabajo destrozada; otra vez Ilse, que no soporta esa pérdida, se arroja al paso de un tren. Y, otra vez también la que queda aplastada y muerta por el camión sobre su cuerpo es Ilse y el contrabajo no sufre ni un astillamiento. Otra vez los dos, Ilse y su contrabajo son despanzurrados por la bestia mecánica, la caja destrozada, destripadas sus cuerdas, Ilse inerte en un charco de sangre. Gritos, gritos, gritos. Aullidos de mujer, deben de ser de una vecina o una paseante al presenciar la escena. Gritos, descontrolados, agudos, lacerantes Y n o estoy dormido; estoy en el baño frente al espejo, la cara con espuma de afeitar, dispuesto a rasurarme en esta gris mañana que anticipa el otoño. Los gritos suenan demasiado cercanos, no provienen de la calle sino del pasillo al que dan las habitaciones. Ahora, además se escuchan pasos apresurados como de dos o tres personas que corren hacía donde provienen los gritos. Lo estoy viendo, he interrumpido mi afeitada, he salido al pasillo, semicubierto mi cuerpo, y veo un tropel de gentes agolpadas en la puerta de la habitación de Ilse en diagonal a la mía. Los gritos no cesan, son más fuertes y son más, ya no es solo un a mucama la que los profiere, son dos tres, es también el conserje de día. Alguien, con mayor sensatez dice hay que llamar a la sanidad y a la policía. Cruzo el pasillo, me abro paso entre las dos figuras que taponan la puerta y logro pasar. Veo a Ilse, yace muerta abrazando a su contrabajo, asiéndolo con sus brazos y piernas que rodean al cuerpo ancho, curvilíneo de ese instrumento.



Buenos Aires, 26 de julio de 2012