KOSHMAR (Pesadilla): una nueva edición del libro testimonial de la Semana Trágica
--¿Nacionalidad?
--Judío.
--¿Religión?
--Socialista
Las preguntas se repiten una y otra vez, después de las
trompadas y patadas, dentro de la comisaría 7ma de la Capital y en el mismo
Departamento de Policía y en el Cuartel de Bomberos, de la avenida Belgrano,
durante días y noches, en los que se ensañan con Pinie Wald, cronista del Die
Presse y el Avangard, dos periódicos judíos que se editan en idish en Buenos
Aires, quien así responde a su
torturadores. Es enero, es 1919, la Ciudad está paralizada por una huelga de
obreros de una metalúrgica, que se generalizado: rechazado el petitorio obrero,
los huelguistas toman el establecimiento de la Metalúrgica Vasena y son
baleados por la Policía que asalta el lugar el 7 de ese mes, al día siguiente,
cuando el cortejo fúnebre se dirige al cementerio de La Chacarita, nuevamente
fuerzas represoras –esta vez de la Policía y del Ejército, más una suerte de
Guardia Blanca, formada por civiles de la alta sociedad porteña--, producen una
masacre, que se prolonga por días, dando lugar a los acontecimientos conocido
como la Semana Trágica.
Todo eso, sobre todo
el terror desatado por el gobierno nacional del Estado argentino, lo narra de
primera mano Pinie Wald en su libro Koshmar (Pesadilla) escrito en su lengua
materna, el idish, diez años después de su traumática experiencia, que fue
editado y publicado tal cual y se sumó a esos así llamados libros de culto por
más de una razón. Una primera por estar en una lengua también ninguneada y que
casi se ha perdido en los últimos 70 años; y también porque su existencia como
texto testimonial, que tiene además el honor de ser un adelantado de lo que más
tarde se conoció como el género de no fiction o nuevo periodismo, fue
igualmente ninguneada así como la historia que narra que se borró de la mente
de los argentinos y hasta hoy se la recuerda poco y nada.
Sin embargo Koshmar,
como texto tuvo la suerte de ser traducido al castellano argentino años más
tarde, en los ochenta, por Simja Sneh, amigo de Pinie Wald. Ese mismo texto ha
vuelto a ser publicado ahora en una muy
buena y ampliada edición por Astier Libros, con el aporte e impulso de Perla
Sneh (la hija del traductor, psicóloga y escritora, reciente Premio Nacional de
Literatura en la categoría ensayo) y la colaboración de Herman Schiller,
Christian Ferrer, Alejandro Kaufman y Gabriel Lerman, con sendos textos
enriquecedores de aquel original, que supo ser editado años atrás, 3n
1998, por Pedro Orgambide, en el sello
Ameghino, y un texto testimonial inédito, debido a la feminista sufragista, viajera y multimillonaria mecenas de Marcel Duchamp
cuando su estada en Buenos Aires, la estadounidense Katherine Dreier.
La obra fue
presentada hace pocos días, antes de su distribución en librerías, en el
espacio Hasta Trilce, en una tarde en la que, en ese sitio donde confluyen
Almagro y Boedo, la presentaron en publicó su editor Gabriel Lerman, Christian
Ferrer, Eduardo Jozami y la propia Perla Sneh.
En la introducción a
manera de prólogo y bajo el título En la tapa del diario, el editor Gabriel
D. Lerman dice “Conocí a Pedro Orgambide
(prolífico escritor argentino, ya
fallecido, editor de una primera versión de Koshmar, bajo el título de
Pesadilla en una colección de la editorial rosarina Ameghino, en 1998)…y
entre todos los libros que me regaló hubo uno que me cautivó para siempre:
Pesadilla (Koshmar), de Pinie Walda, escritor judío que había venido a Buenos
Aires desde Polonia a principios del siglo XX. Lo curioso del Wald y su texto
escrito en primera persona, sobre los acontecimientos de la tristemente célebre
Semana Trágica de enero de 1919… Era nada menos que una crónica novelada que lo
tenía como protagonista, dado que Pinie Wald había sido detenido durante esos
días, en el primer pogrom porteño, acusado de ‘maximalista, primer presidente
de la República del Soviet’. Según Pedro Orgambide, la recreación literaria de
Wald era un claro antecedente del nuevo periodismo, lo que para nosotros no era
tanto Truman Capote sino Rodolfo Walsh”. Aquí Gabriel Lerman abunda y recuerda
los acontecimientos sucedidos anteriormente, como la Reforma Universitaria del
18, acontecida en Córdoba y los fusilamientos de la Patagonia, dos años después
de la Semana Trágica y emparenta a estos tres acontecimientos como “coletazos
en todos los confines de la Revolución Rusa de 1917”. Recuerda también Lerman que su curiosidad por
el tema lo llevó a indagar en hemeroteca y así encontró la crónica periodística
de esos días en los periódicos de la época los que conmovieron y asustaron al
poder de entonces. Lerman se interesó muchos más con el tema y finalmente
decidió “impulsar la reedición de esta fuente primaria para la historia
argentina.”
Por su parte Perla
Sneh, psicoanalista, escritora, investigadora e hija del traductor de Koshmar,
Simja Sneh, afirma que ”Leer hoy Koshmar –Pesadilla—al calor de los debates
actuales a cien años de los sucesos y noventa de que fuera escrito—significa
renovar la posibilidad de aventurarnos a un diálogo con un universo cultural
que pocos conocen”. Perla Sneh, que leyó el texto de Pinie Wald en su original,
destaca precisamente el hecho de que aquel lo escribiera en idish: “Reparemos,
entonces, en algo que suele pasarse por alto –quizás por las mismas razones que
relegaron los hechos narrados por Wald al olvido--: Pinie Wald es, ante todo,
un escritor idish, es decir, un escritor inmerso en la cultura judía de esos
días. Separar el escrito de Wald de la cultura idish e la que arraiga es
despojarlo de sustancia viva, momificarlo.” A renglón seguido hace una
pormenorizada pintura biográfica de Wald, para continuar con un análisis de lo
que sucedía entonces y hasta unos años más tarde con la lengua idish y su
importancia en la transformación sociocultural que experimenta la Argentina con
la llegada de inmigrantes de origen judío: “Eran tiempos de auge de los grandes
clásicos literarios –a quienes seguramente Wald leyó—y –al menos en Argentina,
pero no solo—de literatura aluvional. Todos escribían: sastres, carpinteros
(como Wald), comerciantes, vendedores, talleristas y hasta escritores” apunta
no sin sorna Perla Sneh, quien remata señalando: “La gran arena de difusión de
estos creadoresescritos eran los periódicos,, de allí el tono que caracterizaba
la escritura de estos creadores literarios, tono que combina el folletín y la crónica
con el periodismo y la novela. La autora abunda y profundiza en las virtudes
tanto estilísticas como sociopolíticas del texto de Wald y destaca el carácter
vanguardista de la escritura de Wald y la de sus lectores: “lector comprometido
con una lectura que es, en si, un modo de militancia. Pone énfasis sneh en que
Wald (en sus textos) “…habla de cosas que no queremos saber nada: la pobreza de
los inmigrantes, la desconfianza de los nativos, los ecos que llegan de Europa
y su efervescencia política…”. Todo eso señala Perrla Sneh, sin olvidar de
destacar que “…Esas palabras (las de Wald, en Koshmar –Pesadilla--) hablan de
un pogrom ocurrido en Buenos Aires, durante la así llamada Semana Trágica”.
La Ciudad está ensangrentada por la represión policial,
militar y de “los niños bien” de la oligarquía, que la circulan en automóviles
y camiones asesinando a cuanto se les ponen a tiro. A tiro de sus máuseres y
ametralladoras, de sus revólveres y pistolas, de sus cachiporras, bastones y
látigos, dejando un tendal de entre 700 y 1300 muertos, muchos de ellos
incinerados, , miles de heridos y 30.ooo detenidos. Tiros y golpes, sablazos y
torturas, quemaduras en carne viva, flagelos que no respetan ni a chicos ni a
mujeres y sobre todo no respetan y más bien se ensañan, en las calles del
barrio del Once, con los viejos de
lenguas barbas que los identifican como “rusos”, en realidad como judíos, el
objetivo del primer pogromo argentino, algo no solo ninguneado sino ocultado
por la historiografía oficial del país que en el Preámbulo de su Constitución
habla de recibir “a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el
suelo argentino”.
Y argentino (nacionalizado, como tantísimos otros
inmigrantes) se siente y declara Pinie Wald: “…vote cuatro veces” le espeta a sus
interrogadores, que lo señalan como “Presidente de la república del Soviet”, en
las mazmorras del terror estatal, y como tal, como trabajador de prensa,
devenido periodista después de haber sido carpintero ni bien bajar del barco en
el puerto porteño, ha cubierto ese movimiento huelguístico que ha estallado a
finales de diciembre del año anterior, impulsado por trabajadores
superexplotados de la más grande empresa metalúrgica del país y a la que el
democrático gobierno radical del doctor Hipólito Yrigoyen ha salido a sofocar
de manera incruenta, impulsado por los dueños del país del trigo y las vacas,
cuyos intereses finalmente custodia y defiende el caudillo devenido presidente,
tras la primeras elecciones más o menos libres y secretas de 1916, en las que
votaron todos o casi todos los ciudadanos varones.
La Argentina de entonces, tan similar a la del presente,
es aquella que pintan edulcoradamente aún hoy los “manuales” de historia y la
que recitan los dirigentes y voceros del establishment, la que pregonan los
medios hegemónicos, tal como lo hacían allá y entonces: el país de las mieses y
la carne, generoso con todos urbe et orbi… Pero la realidad es otra, muy
distinta y muy parecida a la de otros países y regiones de todo el mundo: y
así “… La economía argentina venía
sufriendo todavía los remezones de la Gran Guerra. Se exportaba lo barato, se
importaba caro y el salario de los trabajadores, segmento fundamental de las
condiciones laborales, era entonces como ahora, el punto de inflexión donde se
ajustaba la ganancia empresaria. En un clima de incomodidad general que
encrespaba a la mayoría de los asalariados, los obreros de los talleres Vasena,
la industria metalúrgica más importante del país, se enzarzaron en una huelga
indómita, reprimida con inusitada violencia, y que se extendió hasta
convertirse en huelga general.” ,
destaca Elina Malamud, enero 2019, en Página12.
Esa realidad golpea
en la conciencia de clase y en la vida de los trabajadores y sus familias de
manera brutal. Las oleadas de inmigrantes que arribaban hasta entonces (1919) y
desde años antes al país, estaba formada en su gran mayoría por hombres y
mujeres expulsados de sus países de origen, en los que sufrían similares
condiciones de vida, principalmente porque sus ideas acerca de la explotación
humana, ideas que los hacían indeseables y temidos allá y ahora, embarcados en
un movimiento huelguístico en reclamo por la reducción de sus horas de trabajo
(de once diarias pedían llevarlas a ocho
y un descanso semanal). Esos hombres y mujeres que se afincaron principalmente
en la ciudad y puerto de Santa María de los Buenos Ayres, portan en sus bagajes
el ideario de libertad y de reivindicación social qué levantan como bandera en
su lucha sindical, más allá de sus divisiones internas entre anarquistas,
anarcosindicalistas y socialistas. Vienen con ese ímpetu y esas convicciones
políticas que han aprendido y aplicado allá en la lejana Europa, donde bulle la
protesta social en los países más industrializados y ha triunfado en la
semimedieval Rusia de los Zares en octubre de 1917, de la mano de Lenin y los
bolcheviques.
El movimiento reivindicatorio de los trabajadores de
la metalúrgica Vasena es resistido por los patrones y entonces se extiende a
todo el espectro laboral y la ciudad se paraliza y la reacción no tarda en
aparecer y cae durisimamente sobre la población más humildes, los trabajadores,
y se extiende a otros sectores de los porteños y porteñas, porque, como bien dice otra vez Elina Malamud
“... La burguesía, en cambio, sintió el miedo que los Románov habían
desestimado y cuando, al comenzar la segunda semana de enero de 1919, los
obreros de Vasena se fortificaron dentro de la fábrica para resistir a una
patota de rompehuelgas, los rancios dueños del país alinearon a la policía, al
ejército, a los bomberos y a la guardia blanca de civiles bien que amaban a la
Patria para que salieran en su defensa, a bala, a sangre, a tortura, a como
fuera necesario porque una amenaza con gesto de hoz y vocación de martillo, que
en esos años llamaban maximalista, acechaba para birlarles los medios de
producción.” (Op. cit. Página12, enero 2019). Es que, parangonan aquellos
sucesos con los que hoy se dan aquí y en otras latitudes tienen inevitables
similitudes. Es la propia Malamud quien lo subraya con acierto: “…. La
burguesía, en cambio, sintió el miedo que los Románov habían desestimado y
cuando, al comenzar la segunda semana de enero de 1919, los obreros de Vasena
se fortificaron dentro de la fábrica para resistir a una patota de
rompehuelgas, los rancios dueños del país alinearon a la policía, al ejército,
a los bomberos y a la guardia blanca de civiles bien que amaban a la Patria
para que salieran en su defensa, a bala, a sangre, a tortura, a como fuera
necesario porque una amenaza con gesto de hoz y vocación de martillo, que en
esos años llamaban maximalista, acechaba para birlarles los medios de
producción.
… su condición de extranjeros de Europa del Este,
objetivo implícito de ese pogrom de 1919 cuya memoria permanece ajena a nuestra
historia ciudadana. Los judíos de bien le dijeron Yrigoyen que no tenían nada
que ver y prefirieron olvidarla”.
La edición es valiosa
en doble condición: porque rescata un texto que también lo es, por lo
testimonial y por la pintura que hace de una parte de la nuestra historia
reciente, ocultada; y por otro episodio más que ocultado, casi negado por todos
en el país, en especial los miembros destacados de la colectividad judía: el
pogromo que ensangrentó las calles de Buenos Aires al ensañarse con esos
argentinos y argentinas de aquel origen, que probablemente entonces se
definieran al igual que Pinie Wald como judíos y socialistas argentinos.
Hugo Murno. Escritor
y periodista
Buenos Aires 17 de
abril de 2019