El Día X
Hugo Murno, especial para el
Periódico Bernales
Al cierre de esta edición, los habitantes de la Argentina se
preparaban para………. (llenar la línea de puntos). Objetivamente visto –como
podría hacerlo un estudioso extranjero o un analista de antropología política
internacional o meramente una persona de sentido común, la actual situación de
encendida y no disimulada exacerbación de los ánimos, llevada a cabo por los
dos bandos (¿qué otra cosa son sino?) en que parece haberse dividido el país,
es alarmante, de cuidado, de temer.
El omnímodo Poder Ejecutivo, la Presidencia de la Nación,
las usinas del oficialismo gobernante no paran de anunciar que todo se acaba (y
comienza una nueva era feliz) el 7D. Los de la vereda de enfrente (imposible
catalogar a ese sector como oposición) se desganita anunciando un 8N que poco
menos que habrá de restaurar la libertad.
Ni tanto ni tan poco.
Quienes detentan la conducción del gobierno nacional y buena
parte de los gobiernos provinciales y municipales, como así también los otros
dos poderes del Estado y sus aláteres, seguidores casi fundamentalistas, no han
entendido hasta ahora que el 54% de los votos legítimamente obtenidos hace un
año, no significa nada más que esa es la suma de voluntades a su favor, para
que gobiernen en una determinada dirección. Pero eso, en una democracia
republicana no significa otra cosa que aquello y no que la mayoría abrumadora
de votos avala la asunción de la suma del poder público. Ni la estigmatización
de los que piensan diferente y osan decirlo en voz alta.
Por otra parte, quienes el (famoso) 13 S , se atrevieron a
salir a las calles y plazas de la República a manifestar su descontento con el
actual estado de cosas y, fundamentalmente, contra el abuso de poder por parte
de las actuales autoridades de Gobierno, no pueden pretender arrogarse el poder
de cambiar las cosas de la noche a la mañana por tan solo un acto voluntarista.
Ambas facciones están equivocadas.
La historia nos muestra esto una y mil veces, con solo saber
leer la historia. En la Argentina, en un pasado no muy lejano, una mayoría
abrumadora (fueron un puñado de miles de votos en realidad) le permitió al
brigadier general Juan Manuel de Rosas, gozar de la suma del poder público y
gobernar con mano de hierro. Así le fue al país.
Recientemente, no hace aún dos años, una ola libertaria
recorrió buena parte de los países árabes, regidos por autócratas –muchos de
ellos “elegidos mayoritariamente”—qué durante décadas impusieron a sangre y
fuego la ley del más fuerte –con el aval, por cierto, de las grandes potencias
hegemónicas, dueñas del poder político y económico mundial--. Aquellas gentes
que se autoconvocaron por las novedosas redes sociales (como aquí) salieron a
las calles y plazas de sus países, voltearon a los gobernantes, pero no
lograron torcer la férrea dirección de políticas de estado que no los
satisfacen ni mejoraron sus vidas allí.
Algo similar sucede, hasta ahora, con los indignados que
recorren esporádicamente las calles de Europa.
Es que no basta con llamar a la protesta, convocar a los
disconformes –sin discriminar sobre qué piensan y representan cada uno de esos disconformes
y porqué lo están y qué pretenden--. Cómo tampoco es el camino el negar la
realidad, hacer como si el descontento no existieran, como si el reclamo de
cambios fuera dicho en broma, y pegar verdaderos manotazos de ahogado subiendo
la apuesta y apelar al vamos por todo y hago lo que hago porque se me canta y
me avalan las mayorías populares (¿?)
Ni el 8N será el momento del gran cambio –sin propuestas
claras ni organizaciones que sustenten nada más que expresiones de deseos--. Ni
el 7D será la madre de las batallas: hubo una vez un día en que hordas de
“militantes” asaltaron radios y canales de televisión y los estatizaron, en
nombre de un gobierno popular. En realidad en aquel entonces la presidenta Isabel
Perón estaba pintada y el que detentaba el poder era un tal José López Rega, un
excabo de la Policía Federal elevado a comisario general y Ministro de
Bienestar Social por el presidente Perón, pero que en verdad era el mentor y
jefe de una banda que aplicaba el terrorismo de estado en la Argentina
setentista, la nefasta Triple A. Y así le fue al país, por segunda vez.
Debemos apelar una vez más a aquello de que la historia no
se repite, por que, en todo caso, el
drama se convierte en comedia. Tragicomedia en realidad. Y ya se sabe que “la
única verdad es la realidad”.
Buenos Aires 16 O de 2012