martes, 16 de octubre de 2012


El Día X

Hugo Murno, especial para el Periódico Bernales


Al cierre de esta edición, los habitantes de la Argentina se preparaban para………. (llenar la línea de puntos). Objetivamente visto –como podría hacerlo un estudioso extranjero o un analista de antropología política internacional o meramente una persona de sentido común, la actual situación de encendida y no disimulada exacerbación de los ánimos, llevada a cabo por los dos bandos (¿qué otra cosa son sino?) en que parece haberse dividido el país, es alarmante, de cuidado, de temer.
El omnímodo Poder Ejecutivo, la Presidencia de la Nación, las usinas del oficialismo gobernante no paran de anunciar que todo se acaba (y comienza una nueva era feliz) el 7D. Los de la vereda de enfrente (imposible catalogar a ese sector como oposición) se desganita anunciando un 8N que poco menos que habrá de restaurar la libertad.
Ni tanto ni tan poco.
Quienes detentan la conducción del gobierno nacional y buena parte de los gobiernos provinciales y municipales, como así también los otros dos poderes del Estado y sus aláteres, seguidores casi fundamentalistas, no han entendido hasta ahora que el 54% de los votos legítimamente obtenidos hace un año, no significa nada más que esa es la suma de voluntades a su favor, para que gobiernen en una determinada dirección. Pero eso, en una democracia republicana no significa otra cosa que aquello y no que la mayoría abrumadora de votos avala la asunción de la suma del poder público. Ni la estigmatización de los que piensan diferente y osan decirlo en voz alta.
Por otra parte, quienes el (famoso) 13 S , se atrevieron a salir a las calles y plazas de la República a manifestar su descontento con el actual estado de cosas y, fundamentalmente, contra el abuso de poder por parte de las actuales autoridades de Gobierno, no pueden pretender arrogarse el poder de cambiar las cosas de la noche a la mañana por tan solo un acto voluntarista.
Ambas facciones están equivocadas.
La historia nos muestra esto una y mil veces, con solo saber leer la historia. En la Argentina, en un pasado no muy lejano, una mayoría abrumadora (fueron un puñado de miles de votos en realidad) le permitió al brigadier general Juan Manuel de Rosas, gozar de la suma del poder público y gobernar con mano de hierro. Así le fue al país.
Recientemente, no hace aún dos años, una ola libertaria recorrió buena parte de los países árabes, regidos por autócratas –muchos de ellos “elegidos mayoritariamente”—qué durante décadas impusieron a sangre y fuego la ley del más fuerte –con el aval, por cierto, de las grandes potencias hegemónicas, dueñas del poder político y económico mundial--. Aquellas gentes que se autoconvocaron por las novedosas redes sociales (como aquí) salieron a las calles y plazas de sus países, voltearon a los gobernantes, pero no lograron torcer la férrea dirección de políticas de estado que no los satisfacen ni mejoraron sus vidas allí.
Algo similar sucede, hasta ahora, con los indignados que recorren esporádicamente las calles de Europa.
Es que no basta con llamar a la protesta, convocar a los disconformes –sin discriminar sobre qué piensan y representan cada uno de esos disconformes y porqué lo están y qué pretenden--. Cómo tampoco es el camino el negar la realidad, hacer como si el descontento no existieran, como si el reclamo de cambios fuera dicho en broma, y pegar verdaderos manotazos de ahogado subiendo la apuesta y apelar al vamos por todo y hago lo que hago porque se me canta y me avalan las mayorías populares (¿?)
Ni el 8N será el momento del gran cambio –sin propuestas claras ni organizaciones que sustenten nada más que expresiones de deseos--. Ni el 7D será la madre de las batallas: hubo una vez un día en que hordas de “militantes” asaltaron radios y canales de televisión y los estatizaron, en nombre de un gobierno popular. En realidad en aquel entonces la presidenta Isabel Perón estaba pintada y el que detentaba el poder era un tal José López Rega, un excabo de la Policía Federal elevado a comisario general y Ministro de Bienestar Social por el presidente Perón, pero que en verdad era el mentor y jefe de una banda que aplicaba el terrorismo de estado en la Argentina setentista, la nefasta Triple A. Y así le fue al país, por segunda vez.
Debemos apelar una vez más a aquello de que la historia no se repite, por que, en todo caso,  el drama se convierte en comedia. Tragicomedia en realidad. Y ya se sabe que “la única verdad es la realidad”.

Buenos Aires 16 O de 2012

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