De incendios y otras
quemazones
Hugo Murno, especial para el
Periódico Bernales
Imposible ponerse a escribir una nota periodística, en estos
días, sin pensar en hacer alusión siquiera al siniestro que en la madrugada del
lunes 27 de abril incendiara un taller textil clandestino en el barrio
porteño de Flores (en la calle Paez casi
Terrada, en una zona que acumula
denuncias por este tipo de ilegalidad, muy cerca de la avenida Avellaneda,
invadida de puestos ambulantes) en la que murieron dos chiquitos menores de
edad, cuyos padres, todos bolivianos, trabajaban y “vivían” allí en forma más
que infrahumana.
El hecho no
ocurrió en las antípodas, en una de las
tantas zonas infestadas de guerras y enfrentamientos permanentes que asolan el
mundo ni fue producto de un cataclismo de
la naturaleza, como el que por esas mismas horas sumía a Nepal en el horror a
causa de un terremoto o a Chile, de resultas de la erupción de un volcán. No,
el desgraciado suceso del que nadie se hace cargo pasó en la ciudad de Buenos Aires,
en medio de una noche de jolgorio en la que diversos grupos políticos
festejaban todos los resultados de unas elecciones de internas partidarias.
Pocos meses
antes, otro voraz incendio destruyó el depósito/archivo de una empresa
extranjera dedicada a esos menesteres, en la que se guardaban documentos y
otros papeles de diversas empresas, bancos y hasta dependencias oficiales. Lo
lamentable, además de que el hecho fue intencional según las conclusiones a las
que arribó la Policía Federal Argentina, es que a causa del siniestro once
personas (bomberos voluntarios, rescatistas, integrantes de Defensa Civil de la Ciudad) murieron allí.
Y hasta ahora
nada. Ningún responsable sancionado, renunciante, condenado, preso. Nada.
Hace unos años
(2006, no tanto tiempo) un voraz incendio en un local bailable del Once dejaba
casi doscientos chicos y chicas muertos y un tendal de heridos y cientos de
personas con secuelas y traumas físicos y psíquicos. Unos pocos sancionados.
Algunos condenados a prisión. Un intendente (Jefe de Gobierno) expulsado de su
puesto (y el domingo 26 de abril, horas antes del incendio que mató a dos
pibes, se presentaba como candidato a ocupar nuevamente ese cargo…).
Demasiados
fuegos y mucha impunidad.
De esas
cuestiones es de las que, entre tantas otras, deberían hacerse cargo los
candidatos que se postulan periódicamente a cargos elegibles por el voto
popular y que, en este año tan particular de fin de un Gobierno, muchas veces
se olvidan de cosas como aquellas, que duelen y son resultado de malas
políticas o malos hábitos de políticos encumbrados (o tal vez encaramados) en
el poder, que hacen la “vista gorda” ante violaciones de reglas y disposiciones
que, cuando no se cumplen o se soslayan dan paso a graves acontecimientos: incendios
seguidos de destrucción material y muertes;
trabajo esclavo; permisividad
para que se realicen ventas irregulares, se falsifiquen marcas (famosas) o se
vendan repuestos (sobre todo de automotores) de no tan dudosa procedencia (casi
manchados de sangre).
De esas
cuestiones poco dicen y poco se ocupan los que salen de campaña electoral y
vociferan denuestos contra sus rivales que no son más que eso: rivales no enemigos, sin propuestas claras y
razonablemente realizables, sino tan solo títulos impactantes, retórica pura,
ningún plan ni programa factible de ser aplicado.
Mayo de 2015
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