sábado, 20 de abril de 2019


KOSHMAR (Pesadilla): una nueva edición del libro testimonial de la Semana Trágica

--¿Nacionalidad?
--Judío.
--¿Religión?
--Socialista
Las preguntas se repiten una y otra vez, después de las trompadas y patadas, dentro de la comisaría 7ma de la Capital y en el mismo Departamento de Policía y en el Cuartel de Bomberos, de la avenida Belgrano, durante días y noches, en los que se ensañan con Pinie Wald, cronista del Die Presse y el Avangard, dos periódicos judíos que se editan en idish en Buenos Aires,  quien así responde a su torturadores. Es enero, es 1919, la Ciudad está paralizada por una huelga de obreros de una metalúrgica, que se generalizado: rechazado el petitorio obrero, los huelguistas toman el establecimiento de la Metalúrgica Vasena y son baleados por la Policía que asalta el lugar el 7 de ese mes, al día siguiente, cuando el cortejo fúnebre se dirige al cementerio de La Chacarita, nuevamente fuerzas represoras –esta vez de la Policía y del Ejército, más una suerte de Guardia Blanca, formada por civiles de la alta sociedad porteña--, producen una masacre, que se prolonga por días, dando lugar a los acontecimientos conocido como la Semana Trágica.
Todo eso, sobre todo el terror desatado por el gobierno nacional del Estado argentino, lo narra de primera mano Pinie Wald en su libro Koshmar (Pesadilla) escrito en su lengua materna, el idish, diez años después de su traumática experiencia, que fue editado y publicado tal cual y se sumó a esos así llamados libros de culto por más de una razón. Una primera por estar en una lengua también ninguneada y que casi se ha perdido en los últimos 70 años; y también porque su existencia como texto testimonial, que tiene además el honor de ser un adelantado de lo que más tarde se conoció como el género de no fiction o nuevo periodismo, fue igualmente ninguneada así como la historia que narra que se borró de la mente de los argentinos y hasta hoy se la recuerda poco y nada.
Sin embargo Koshmar, como texto tuvo la suerte de ser traducido al castellano argentino años más tarde, en los ochenta, por Simja Sneh, amigo de Pinie Wald. Ese mismo texto ha vuelto a ser publicado  ahora en una muy buena y ampliada edición por Astier Libros, con el aporte e impulso de Perla Sneh (la hija del traductor, psicóloga y escritora, reciente Premio Nacional de Literatura en la categoría ensayo) y la colaboración de Herman Schiller, Christian Ferrer, Alejandro Kaufman y Gabriel Lerman, con sendos textos enriquecedores de aquel original, que supo ser editado años atrás, 3n 1998,  por Pedro Orgambide, en el sello Ameghino, y un texto testimonial inédito, debido a la feminista sufragista,  viajera y multimillonaria mecenas de Marcel Duchamp cuando su estada en Buenos Aires, la estadounidense Katherine Dreier.
La obra fue presentada hace pocos días, antes de su distribución en librerías, en el espacio Hasta Trilce, en una tarde en la que, en ese sitio donde confluyen Almagro y Boedo, la presentaron en publicó su editor Gabriel Lerman, Christian Ferrer, Eduardo Jozami y la propia Perla Sneh.
En la introducción a manera de prólogo y bajo el título En la tapa del diario, el editor Gabriel D.   Lerman dice “Conocí a Pedro Orgambide (prolífico escritor argentino, ya fallecido, editor de una primera versión de Koshmar, bajo el título de Pesadilla en una colección de la editorial rosarina Ameghino, en 1998)…y entre todos los libros que me regaló hubo uno que me cautivó para siempre: Pesadilla (Koshmar), de Pinie Walda, escritor judío que había venido a Buenos Aires desde Polonia a principios del siglo XX. Lo curioso del Wald y su texto escrito en primera persona, sobre los acontecimientos de la tristemente célebre Semana Trágica de enero de 1919… Era nada menos que una crónica novelada que lo tenía como protagonista, dado que Pinie Wald había sido detenido durante esos días, en el primer pogrom porteño, acusado de ‘maximalista, primer presidente de la República del Soviet’. Según Pedro Orgambide, la recreación literaria de Wald era un claro antecedente del nuevo periodismo, lo que para nosotros no era tanto Truman Capote sino Rodolfo Walsh”. Aquí Gabriel Lerman abunda y recuerda los acontecimientos sucedidos anteriormente, como la Reforma Universitaria del 18, acontecida en Córdoba y los fusilamientos de la Patagonia, dos años después de la Semana Trágica y emparenta a estos tres acontecimientos como “coletazos en todos los confines de la Revolución Rusa de 1917”.  Recuerda también Lerman que su curiosidad por el tema lo llevó a indagar en hemeroteca y así encontró la crónica periodística de esos días en los periódicos de la época los que conmovieron y asustaron al poder de entonces. Lerman se interesó muchos más con el tema y finalmente decidió “impulsar la reedición de esta fuente primaria para la historia argentina.”
Por su parte Perla Sneh, psicoanalista, escritora, investigadora e hija del traductor de Koshmar, Simja Sneh, afirma que ”Leer hoy Koshmar –Pesadilla—al calor de los debates actuales a cien años de los sucesos y noventa de que fuera escrito—significa renovar la posibilidad de aventurarnos a un diálogo con un universo cultural que pocos conocen”. Perla Sneh, que leyó el texto de Pinie Wald en su original, destaca precisamente el hecho de que aquel lo escribiera en idish: “Reparemos, entonces, en algo que suele pasarse por alto –quizás por las mismas razones que relegaron los hechos narrados por Wald al olvido--: Pinie Wald es, ante todo, un escritor idish, es decir, un escritor inmerso en la cultura judía de esos días. Separar el escrito de Wald de la cultura idish e la que arraiga es despojarlo de sustancia viva, momificarlo.” A renglón seguido hace una pormenorizada pintura biográfica de Wald, para continuar con un análisis de lo que sucedía entonces y hasta unos años más tarde con la lengua idish y su importancia en la transformación sociocultural que experimenta la Argentina con la llegada de inmigrantes de origen judío: “Eran tiempos de auge de los grandes clásicos literarios –a quienes seguramente Wald leyó—y –al menos en Argentina, pero no solo—de literatura aluvional. Todos escribían: sastres, carpinteros (como Wald), comerciantes, vendedores, talleristas y hasta escritores” apunta no sin sorna Perla Sneh, quien remata señalando: “La gran arena de difusión de estos creadoresescritos eran los periódicos,, de allí el tono que caracterizaba la escritura de estos creadores literarios, tono que combina el folletín y la crónica con el periodismo y la novela. La autora abunda y profundiza en las virtudes tanto estilísticas como sociopolíticas del texto de Wald y destaca el carácter vanguardista de la escritura de Wald y la de sus lectores: “lector comprometido con una lectura que es, en si, un modo de militancia. Pone énfasis sneh en que Wald (en sus textos) “…habla de cosas que no queremos saber nada: la pobreza de los inmigrantes, la desconfianza de los nativos, los ecos que llegan de Europa y su efervescencia política…”. Todo eso señala Perrla Sneh, sin olvidar de destacar que “…Esas palabras (las de Wald, en Koshmar –Pesadilla--) hablan de un pogrom ocurrido en Buenos Aires, durante la así llamada Semana Trágica”.
La Ciudad está ensangrentada por la represión policial, militar y de “los niños bien” de la oligarquía, que la circulan en automóviles y camiones asesinando a cuanto se les ponen a tiro. A tiro de sus máuseres y ametralladoras, de sus revólveres y pistolas, de sus cachiporras, bastones y látigos, dejando un tendal de entre 700 y 1300 muertos, muchos de ellos incinerados, , miles de heridos y 30.ooo detenidos. Tiros y golpes, sablazos y torturas, quemaduras en carne viva, flagelos que no respetan ni a chicos ni a mujeres y sobre todo no respetan y más bien se ensañan, en las calles del barrio del Once, con los  viejos de lenguas barbas que los identifican como “rusos”, en realidad como judíos, el objetivo del primer pogromo argentino, algo no solo ninguneado sino ocultado por la historiografía oficial del país que en el Preámbulo de su Constitución habla de recibir “a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino”.
Y argentino (nacionalizado, como tantísimos otros inmigrantes) se siente y declara Pinie Wald: “…vote cuatro veces” le espeta a sus interrogadores, que lo señalan como “Presidente de la república del Soviet”, en las mazmorras del terror estatal, y como tal, como trabajador de prensa, devenido periodista después de haber sido carpintero ni bien bajar del barco en el puerto porteño, ha cubierto ese movimiento huelguístico que ha estallado a finales de diciembre del año anterior, impulsado por trabajadores superexplotados de la más grande empresa metalúrgica del país y a la que el democrático gobierno radical del doctor Hipólito Yrigoyen ha salido a sofocar de manera incruenta, impulsado por los dueños del país del trigo y las vacas, cuyos intereses finalmente custodia y defiende el caudillo devenido presidente, tras la primeras elecciones más o menos libres y secretas de 1916, en las que votaron todos o casi todos los ciudadanos varones.
La Argentina de entonces, tan similar a la del presente, es aquella que pintan edulcoradamente aún hoy los “manuales” de historia y la que recitan los dirigentes y voceros del establishment, la que pregonan los medios hegemónicos, tal como lo hacían allá y entonces: el país de las mieses y la carne, generoso con todos urbe et orbi… Pero la realidad es otra, muy distinta y muy parecida a la de otros países y regiones de todo el mundo: y así  “… La economía argentina venía sufriendo todavía los remezones de la Gran Guerra. Se exportaba lo barato, se importaba caro y el salario de los trabajadores, segmento fundamental de las condiciones laborales, era entonces como ahora, el punto de inflexión donde se ajustaba la ganancia empresaria. En un clima de incomodidad general que encrespaba a la mayoría de los asalariados, los obreros de los talleres Vasena, la industria metalúrgica más importante del país, se enzarzaron en una huelga indómita, reprimida con inusitada violencia, y que se extendió hasta convertirse en huelga general.” , destaca Elina Malamud, enero 2019, en Página12.
Esa realidad golpea en la conciencia de clase y en la vida de los trabajadores y sus familias de manera brutal. Las oleadas de inmigrantes que arribaban hasta entonces (1919) y desde años antes al país, estaba formada en su gran mayoría por hombres y mujeres expulsados de sus países de origen, en los que sufrían similares condiciones de vida, principalmente porque sus ideas acerca de la explotación humana, ideas que los hacían indeseables y temidos allá y ahora, embarcados en un movimiento huelguístico en reclamo por la reducción de sus horas de trabajo (de once  diarias pedían llevarlas a ocho y un descanso semanal). Esos hombres y mujeres que se afincaron principalmente en la ciudad y puerto de Santa María de los Buenos Ayres, portan en sus bagajes el ideario de libertad y de reivindicación social qué levantan como bandera en su lucha sindical, más allá de sus divisiones internas entre anarquistas, anarcosindicalistas y socialistas. Vienen con ese ímpetu y esas convicciones políticas que han aprendido y aplicado allá en la lejana Europa, donde bulle la protesta social en los países más industrializados y ha triunfado en la semimedieval Rusia de los Zares en octubre de 1917, de la mano de Lenin y los bolcheviques.
El movimiento reivindicatorio de los trabajadores de la metalúrgica Vasena es resistido por los patrones y entonces se extiende a todo el espectro laboral y la ciudad se paraliza y la reacción no tarda en aparecer y cae durisimamente sobre la población más humildes, los trabajadores, y se extiende a otros sectores de los porteños y porteñas,  porque, como bien dice otra vez Elina Malamud  “... La burguesía, en cambio, sintió el miedo que los Románov habían desestimado y cuando, al comenzar la segunda semana de enero de 1919, los obreros de Vasena se fortificaron dentro de la fábrica para resistir a una patota de rompehuelgas, los rancios dueños del país alinearon a la policía, al ejército, a los bomberos y a la guardia blanca de civiles bien que amaban a la Patria para que salieran en su defensa, a bala, a sangre, a tortura, a como fuera necesario porque una amenaza con gesto de hoz y vocación de martillo, que en esos años llamaban maximalista, acechaba para birlarles los medios de producción.” (Op. cit. Página12, enero 2019). Es que, parangonan aquellos sucesos con los que hoy se dan aquí y en otras latitudes tienen inevitables similitudes. Es la propia Malamud quien lo subraya con acierto: “…. La burguesía, en cambio, sintió el miedo que los Románov habían desestimado y cuando, al comenzar la segunda semana de enero de 1919, los obreros de Vasena se fortificaron dentro de la fábrica para resistir a una patota de rompehuelgas, los rancios dueños del país alinearon a la policía, al ejército, a los bomberos y a la guardia blanca de civiles bien que amaban a la Patria para que salieran en su defensa, a bala, a sangre, a tortura, a como fuera necesario porque una amenaza con gesto de hoz y vocación de martillo, que en esos años llamaban maximalista, acechaba para birlarles los medios de producción.
… su condición de extranjeros de Europa del Este, objetivo implícito de ese pogrom de 1919 cuya memoria permanece ajena a nuestra historia ciudadana. Los judíos de bien le dijeron Yrigoyen que no tenían nada que ver y prefirieron olvidarla”.
La edición es valiosa en doble condición: porque rescata un texto que también lo es, por lo testimonial y por la pintura que hace de una parte de la nuestra historia reciente, ocultada; y por otro episodio más que ocultado, casi negado por todos en el país, en especial los miembros destacados de la colectividad judía: el pogromo que ensangrentó las calles de Buenos Aires al ensañarse con esos argentinos y argentinas de aquel origen, que probablemente entonces se definieran al igual que Pinie Wald como judíos y socialistas argentinos.

Hugo Murno. Escritor y periodista
Buenos Aires 17 de abril de 2019




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