lunes, 10 de diciembre de 2012


Yo fui testigo del 10 de diciembre de 1983; y ahora lloro por el presente y el fututo
Hugo Murno, especial para el Periódico Bernales y espacinsular.org

Aquel día histórico en que se recuperaba la democracia en la Argentina y para los argentinos, fui testigo de muchos acontecimientos que emocionaron hasta hoy: el presidente Raúl Alfonsín, después de asumir en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno y tomarle juramento a su primer Gabinete de ministros, salió a la calle inundada de gente feliz, cruzo la plaza hasta el Cabildo y desde ese histórico balcón saludó a la multitud y anunció su primera medida de Gobierno: el decreto de juzgamiento a las nefastas Juntas Militares y a las cúpulas de los grupos ERP y Montoneros. Ese día, además, se conmemoraba y conmemora el Día de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Después sobrevinieron mil y un acontecimientos, de los buenos, de los malos y de los otros. En el mismo Gobierno de Alfonsín –presionado por las circunstancias y las aún fuertes FF AA—se sancionaron las desgraciadas leyes de Punto Final y de Obediencia Debida. Después, ya en otro gobierno democrático, el de Carlos Menem, se dispusieron la amnistía para todos los militares y civiles condenados a perpetuidad por los delitos de lesa humanidad debidamente comprobados y juzgados. Después se siguieron produciendo hechos de toda índole, alrededor del mismo tema. Ni hablar de lo no sucedido durante el lamentable gobierno de De la Rúa o el interregno de Duhalde (por no hablar de los cinco presidentes en tres días, uno de los cuales dispuso el, entonces muy aplaudido y celebrado default que hoy lamentamos y cuyas consecuencias padecemos.

También después vinieron a gobernar dos abogados, durante la dictadura que asoló al país entre 1976 y 1983, no presentaron un solo habeas corpus a favor de algún detenido-desparecido (y eso que hubo treinta mil) ni formaron parte de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), de la que sí fundaron e integraron, los abogados Alfonsín, Menem, y otros no expertos en leyes, ciudadanos simples y comunes, dirigentes políticos y sociales, Deolindo Bitel, Ítalo Lúder, Oscar Alende, Simón Lázara y muchos otros que se caracterizaron por sí hacerlo (presentar habeas corpus, defender detenidos políticos y sociales y gremiales) sin cobrar un solo peso por ello.

Imposible negar que los últimos nueve años, bajo la égida de los gobiernos de los abogados Néstor Kirchner y Cristina Fernández, se reimpulsaron las causas contra los autores de crímenes aberrantes, secuestros, torturas y asesinatos perpetrados por militares y civiles durante aquellos años de plomo (1976-83). Sería injusto negarlo o ninguneralo como acostumbran hacer las actuales autoridades gubernamentales que piensan y creen y pregonan que del tema derechos humanos nadie se ocupó hasta que ellos llegaron a la Rosada. Ellos que reivindican ahora, como gran figura histórica a un reconocido tirano, como fue el brigadier general Juan Manuel de Rosas, que supo gobernar con mano duras y con la Suma del Poder Público, hasta que hubo d renunciar y asilarse precisamente la denostada Inglaterra, donde murió ya octogenario. Admiran a Rosas y se llenan la boca pregonándose defensores de las libertades públicas, mientras actúan como lo hace cualquier populismo: aplaudiendo y reverenciando, casi endiosando a quien detenta el poder.

Yo fui testigo del 10 de diciembre de 1983. Y hoy me duele el presente. Y temo por el futuro. El de todos. Y todas.

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