domingo, 3 de marzo de 2013


Aquí (ahora) no renuncia nadie

Especial de Hugo Murno para el Periódico Bernales


Sorpresivamente, entre el primero y segundo mes de este año 2013, dos altísimos dignatarios renunciaron a sus tronos: Beatriz, reina  de Holanda, abrumada por la tragedia familiar (uno de sus hijos sufrió un accidente y está en cma irreversible desde hace un tiempo)  y SS el Papa Benedicto XVI, quien adujo falta de fuerzas físicas (a sus 86 años), pero también seguramente abrumado por los escábdalos de espionajes y robos en sus propios aposentos y el Vaticano todo.

Aquí, “en el mejor país del mundo” a estar de una insólita y  chabacana publicidad de una cadena de carnicerías regenteadas por un vidrioso personaje ligado a la política y al peronismo, mientras se suceden juicios a funcionarios de las más altas instancias del Ejecutivo, sospechados de corrupción y otros escándalos no menos anormales, nadie renuncia –salvo algún funcionario, como el exsecretario de Transportes de la Nación, Schiavi, tras la tragedia de Once.

Es que, por lo menos en la última década, en la Argentina se ha terminado de imponer el todo vale, y si no me gusta como falla la Justicia te escracho, te insulto, te pego o algo peor: no acato la resolución judicial, aunque sea una  de la mismísima Corte Suprema (y si no pregúntenle a cualquier jubilado que haya ganado un juicio por ajuste de su retribución mensual mal liquidada o por aplicación del Constitucional 82%  --salvo raras excepciones que no quiero mencionar--).

No me gusta adularf a la nostalgia ni formo parte del creciente club de los nostalgiosos del pasado, pero tengo la desgracia de tener memoria y recuerdo cuando, allá por 1958 y siendo presidente de la Nación Arturo Frondizi, renunció el presidente de la Corte, el juez Alfredo Orgaz, aduciendo “cansancio moral”.

Cito (del diario La Nación) “Alfredo Orgaz renunció en 1958 a su cargo como juez de la Suprema Corte de Justicia, de la que era presidente, aduciendo cansancio moral. En su carta de renuncia dirigida al presidente de la Nación, dijo que lo que motivaba su actitud era "el manifiesto empobrecimiento de la administración de Justicia que se ha producido con la reorganización actual, consecuencia inmediata de haberse dado prevalescencia a los intereses y a la estrategia de partido sobre los verdaderos intereses de la Justicia y de la Nación. Y agregó: "He esperado todos estos días el acto salvador del Gobierno que restableciera las jerarquías maltrechas, y en esa espera he demorado una actitud que desde el comienzo tenía bosquejada. "Una justicia de tal modo disminuida y desmembrada no es la que yo anhelaba presidir o integrar."
Orgaz se oponía fuertemente a la modificación de la composición de la Corte, que pasó de cinco miembros a siete, reforma propiciada por el presidente Frondizi y que tuvo rápido tratamiento (entonces no se decía expres) en ambas cámaras del Congreso, donde el desarrollismo y la UCRI tenían amplia mayoría engrosada por legisladores de extracción peronista. El jurisconsulto cordobés, de intachable trayectoria, se había destacado recientemente en dos casos que llegaron a la más alta instancia judicial del país: el caso Siri, por la clausura de un diario en la ciudad de Mercedes y el juzgamiento de un obrero ferroviario por un Tribunal Militar, por aplicación del Plan Conintes, que lo sacaba de la jurisdicción natural. Ambos casos eran muestra de un autoritarismo que emanaba de un Poder Ejecutivo que se creía omnímodo y que no dudaba en violar la norma y arrasar con las instituciones legítimas.
Después renunciaron algunos personajes más, como el propio vicepresidente, Alfredo Gómez, el juez de la Corte, Gustavo Bosert, ya en plena era de Carlos Menem  y el presidente Raúl Alfonsín acuciado por un verdadero golpe económico con complicidad sindical (reacuérdense los 13 paros de la CGT).
Pero ahora, aquí, no renuncia nadie y, por el contrario, los más sospechados de corruptela son respaldados por la máxima instancia gubernamental, que también celebra la heroicidad de las patotas de barrabravas, que se cargan vuelta a vuelta la vida algún rival en las canchas de fútbol o se lucen como “mano de obra represora para oficial” asesinando a activistas gremiales ferroviarios, como el triste episodio del crimen de Mariano Ferreyra, pocos días antes de la muerte del expresidente Néstor Kirchner.
Y es que cuando permanentemente se avasallan las instituciones (el acuerdo de entendimiento con Irán, por la causa AMIA, es otra muestra de cómo el Ejecutivo avasalla al Poder Judicial, en una causa que, además tiene una carga emocional y trágica muy grande cuando una bomba voló la mutual judía y murieron 85 argentinos) y los partidos de la oposición dan muestras de estar desconcertados (por ser respetuoso y suave: en realidad están agonizantes, al  borde de la desaparición), pueden suceder cosas no queridas, como en la Italia al borde del precipicio: il cavalieri Silvio Berlusconi, personaje proveniente de la farándula, devenido en megaempresario de medios, llega al poder y después de mil y un  descalabros políticos (corruptela en todos los órdenes de la vida de aquel país europeo) debe renunciar en medio de escándalos imparables (no sólo por sus festicholas del Bunga Bunga famoso), se va con el más bajo porcentaje de apoyo y, hace pocos días, vuelve a la palestra convirtiéndose en la segunda fuerza más votada, con cifras que, sumadas a las obtenidas por un arribista como el cómico Bepe Grillo,, muestran lo que cree y piensa y desea la gran mayoría de la población italiana: panne e circo, porque ha dejado de creer en las instituciones serias y en los políticos profesionales. Un empujoncito y del populismo autoritario se caerán en el fascismo.
Buenos Aires, 3 de marzo de 2013

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