Aquí (ahora) no renuncia
nadie
Especial de Hugo Murno para el Periódico Bernales
Sorpresivamente, entre el primero y segundo mes de este año
2013, dos altísimos dignatarios renunciaron a sus tronos: Beatriz, reina de Holanda, abrumada por la tragedia familiar
(uno de sus hijos sufrió un accidente y está en cma irreversible desde hace un
tiempo) y SS el Papa Benedicto XVI,
quien adujo falta de fuerzas físicas (a sus 86 años), pero también seguramente
abrumado por los escábdalos de espionajes y robos en sus propios aposentos y el
Vaticano todo.
Aquí, “en el mejor país del mundo” a estar de una insólita
y chabacana publicidad de una cadena de
carnicerías regenteadas por un vidrioso personaje ligado a la política y al
peronismo, mientras se suceden juicios a funcionarios de las más altas
instancias del Ejecutivo, sospechados de corrupción y otros escándalos no menos
anormales, nadie renuncia –salvo algún funcionario, como el exsecretario de
Transportes de la Nación, Schiavi, tras la tragedia de Once.
Es que, por lo menos en la última década, en la Argentina se
ha terminado de imponer el todo vale, y si no me gusta como falla la Justicia
te escracho, te insulto, te pego o algo peor: no acato la resolución judicial,
aunque sea una de la mismísima Corte Suprema
(y si no pregúntenle a cualquier jubilado que haya ganado un juicio por ajuste
de su retribución mensual mal liquidada o por aplicación del Constitucional
82% --salvo raras excepciones que no
quiero mencionar--).
No me gusta adularf a la nostalgia ni formo parte del
creciente club de los nostalgiosos del pasado, pero tengo la desgracia de tener
memoria y recuerdo cuando, allá por 1958 y siendo presidente de la Nación
Arturo Frondizi, renunció el presidente de la Corte, el juez Alfredo Orgaz,
aduciendo “cansancio moral”.
Cito (del diario La Nación) “Alfredo
Orgaz renunció en 1958 a su cargo como juez de la Suprema Corte de Justicia, de
la que era presidente, aduciendo cansancio moral. En su carta de renuncia
dirigida al presidente de la Nación, dijo que lo que motivaba su actitud era
"el manifiesto empobrecimiento de la administración de Justicia que se ha
producido con la reorganización actual, consecuencia inmediata de haberse dado
prevalescencia a los intereses y a la estrategia de partido sobre los verdaderos
intereses de la Justicia y de la Nación. Y agregó: "He esperado todos
estos días el acto salvador del Gobierno que restableciera las jerarquías
maltrechas, y en esa espera he demorado una actitud que desde el comienzo tenía
bosquejada. "Una justicia de tal modo disminuida y desmembrada no es la
que yo anhelaba presidir o integrar."
Orgaz se oponía fuertemente a la
modificación de la composición de la Corte, que pasó de cinco miembros a siete,
reforma propiciada por el presidente Frondizi y que tuvo rápido tratamiento
(entonces no se decía expres) en ambas cámaras del Congreso, donde el
desarrollismo y la UCRI tenían amplia mayoría engrosada por legisladores de
extracción peronista. El jurisconsulto cordobés, de intachable trayectoria, se
había destacado recientemente en dos casos que llegaron a la más alta instancia
judicial del país: el caso Siri, por la clausura de un diario en la ciudad de
Mercedes y el juzgamiento de un obrero ferroviario por un Tribunal Militar, por
aplicación del Plan Conintes, que lo sacaba de la jurisdicción natural. Ambos
casos eran muestra de un autoritarismo que emanaba de un Poder Ejecutivo que se
creía omnímodo y que no dudaba en violar la norma y arrasar con las
instituciones legítimas.
Después renunciaron algunos personajes
más, como el propio vicepresidente, Alfredo Gómez, el juez de la Corte, Gustavo
Bosert, ya en plena era de Carlos Menem y el presidente Raúl Alfonsín acuciado por un
verdadero golpe económico con complicidad sindical (reacuérdense los 13 paros
de la CGT).
Pero ahora, aquí, no renuncia nadie y,
por el contrario, los más sospechados de corruptela son respaldados por la
máxima instancia gubernamental, que también celebra la heroicidad de las
patotas de barrabravas, que se cargan vuelta a vuelta la vida algún rival en
las canchas de fútbol o se lucen como “mano de obra represora para oficial” asesinando
a activistas gremiales ferroviarios, como el triste episodio del crimen de
Mariano Ferreyra, pocos días antes de la muerte del expresidente Néstor Kirchner.
Y es que cuando permanentemente se
avasallan las instituciones (el acuerdo de entendimiento con Irán, por la causa
AMIA, es otra muestra de cómo el Ejecutivo avasalla al Poder Judicial, en una
causa que, además tiene una carga emocional y trágica muy grande cuando una
bomba voló la mutual judía y murieron 85 argentinos) y los partidos de la
oposición dan muestras de estar desconcertados (por ser respetuoso y suave: en
realidad están agonizantes, al borde de
la desaparición), pueden suceder cosas no queridas, como en la Italia al borde
del precipicio: il cavalieri Silvio Berlusconi, personaje proveniente de la
farándula, devenido en megaempresario de medios, llega al poder y después de
mil y un descalabros políticos
(corruptela en todos los órdenes de la vida de aquel país europeo) debe
renunciar en medio de escándalos imparables (no sólo por sus festicholas del
Bunga Bunga famoso), se va con el más bajo porcentaje de apoyo y, hace pocos
días, vuelve a la palestra convirtiéndose en la segunda fuerza más votada, con
cifras que, sumadas a las obtenidas por un arribista como el cómico Bepe Grillo,,
muestran lo que cree y piensa y desea la gran mayoría de la población italiana:
panne e circo, porque ha dejado de creer en las instituciones serias y en los
políticos profesionales. Un empujoncito y del populismo autoritario se caerán
en el fascismo.
Buenos Aires, 3 de marzo de 2013
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